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Sus memorias, 'Vivir para contarla', se editan el día 10 con una tirada inicial de un millón de ejemplares

WINSTON MANRIQUE SABOGAL | Madrid

'La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla'. Así empieza Gabriel García Márquez el primer tomo de sus memorias, Vivir para contarla (Mondadori), cuyo lanzamiento mundial será el 9 de octubre en Barcelona, Bogotá, Buenos Aires y México DF. 'Una vida que se lee como una novela', según Claudio López Lamadrid, su editor en España. Mientras que a Álvaro Mutis, amigo del Nobel colombiano y premio Cervantes, y uno de los pocos que conoce el original, no le queda duda de 'haber leído un clásico'. Unas memorias que García Márquez concluye después de 13 años de trabajo. EL PAÍS publicará este domingo el fragmento del libro dedicado a la escritura de Relato de un náufrago.




Tras el velo sepia del tiempo, un niño de ojos asombrados come una galleta más grande que su mano. Tiene dos años. Es el primogénito de la mujer de eterna belleza romana y del telegrafista que tocaba el violín en fiestas y serenatas caribeñas. Es el niño Gabriel José García Márquez que ahora, con 75 años, ha llegado a su cita más anhelada. La de su vida. Y aquel niño de finales de los años veinte es quien da, en la portada, la bienvenida a sus memorias. Páginas en las que ha dejado de soslayar los 'zarpazos de la nostalgia' para perpetuar su propia historia, que es la de sus abuelos, sus tías, sus padres, sus 10 hermanos y la estela que ellos dejan en la suya propia. Un paseo por el origen donde anida su éxito futuro.

Vivir para contarla es el primero de dos o tres volúmenes. Se detiene en el año 1955. La primera estación que Gabo, como lo llaman y firma el propio Nobel, hace en su largo viaje. Hasta allí ha llegado después de 13 años de haber tomado en serio la decisión de contar su vida; de por lo menos tres de disciplinada escritura y dos de edición.

Aunque la idea lo acompañaba desde siempre, es tras El general en su laberinto, en 1989, cuando empieza a otear en serio los meandros de su vida. Sólo al enfrentarse a la escritura sus recuerdos se le amotinan y le exigen que aprenda a escribir. 'A eso me obligaron, y ese aprendizaje fue la única salida que encontré para desembrujarme de mí mismo y poder contar mi vida', dijo Gabo el año pasado en un documental de France 3, RAI, TVE y Canal 22 de Colombia.

Desde entonces, todas las sensaciones de la vida se cruzan en su camino. Incluso los colombianos lo reafirman como su patriarca. Y él quiere hacer de todo. Escribe Del amor y otros demonios, su última novela; revive su interés por volver al periodismo y participa en la creación de un telediario en su país, QAP; crea la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano para dar talleres a los jóvenes periodistas; escribe el reportaje del secuestro de varios periodistas y personalidades colombianas por parte del narcotraficante Pablo Escobar, Noticia de un secuestro, su último libro en 1996; compra la revista Cambio en 1998; opina sobre la paz en su país. Y, por si fuera poco, en 1999 le diagnostican un cáncer linfático. A partir de ahí su vida se mueve entre México DF y Los Ángeles para seguir un tratamiento. Hasta que arrincona a la muerte, como en sus cuentos.

Antes de aquella confirmación de mortalidad, se escucha la voz de Gabo leyendo el primer capítulo de sus memorias. Es en 1998, en el Festival del Centro Histórico Ciudad de México (EL PAÍS, 22 de marzo de 1998). Es sobre la decisión más importante de su vida. El viaje tras el cual quedó 'a merced de la nostalgia' en 1950. El que hizo con su madre, Luisa Santiaga, de Barranquilla a Aracataca, en el Caribe colombiano, para vender la casa de sus abuelos maternos con quienes vivió hasta los ocho años. Un viaje que hicieron una noche en una embarcación por la Ciénaga Grande de Santa Marta y continuaron al día siguiente en un diablo al que por allí llamaban tren. Cuando llegaron a ese pueblo situado en un claro de las bananeras, bajo un cielo renacentista donde el Sol apenas deja colar retazos de brisa piadosa, Gabo se da cuenta de que el tiempo estaba estancado en su memoria. Ese día, además, es cuando ve desde el tren el nombre de una finca, Macondo. Descubre la 'resonancia poética' de la palabra, de tal manera que será el nombre del universo donde habitarán todos los lugares y todos los tiempos de su obra.

Tras ese primer asomo a su vida, el autor de El coronel no tiene quien le escriba se encara con la muerte en 1999. Y en mitad de ese duelo se concentra en la escritura de Vivir para contarla, cuyo primer punto final llega hacia el otoño de 2000. Son alrededor de 900 páginas. Mientras, su vida sigue oscilando entre México DF y Los Ángeles. A partir de ahí se dedica a la edición del libro dando paso al periodista rotundo de El espectador. Es la etapa de precisión con la ayuda de su hijo Rodrigo García Barcha, en quien centraliza el rigor informativo. Surge así un rosario de entrevistas para corroborar nombres o fechas.

Todo va bien. El cáncer está amordazado. En esa tregua del invierno de 2001, Gabo ofrece otro avance (EL PAÍS, 28 de enero), el del romance de sus padres, Luisa Santiaga y Gabriel Eligio, que inspiró El amor en los tiempos del cólera. La novela que le gustaría que pasara a la posteridad. La expectativa crece y varias editoriales quieren el libro.

La mirada atrás continúa sin alteraciones. Hasta que en agosto de 2001 un soplo de tristeza lo invade por la muerte de su hermano menor y cómplice literario, Eligio. Su respuesta es acelerar la edición de las memorias. Incluso saca tiempo para contar los entresijos del manuscrito de Cien años de soledad que sale a subasta en Barcelona y que finalmente no se vende.

A comienzos de 2002, García Márquez ya ha eliminado unas 300 páginas. Sólo quedan 596. Una de las pocas personas que lee el original es el escritor colombiano William Ospina, que viaja en mayo a México DF a petición del Nobel. Ospina lee un capítulo al día durante ocho días. Álvaro Mutis también lo ha leído, y sabe que la foto escogida para la portada es una que su amigo Gabo mima en su casa de México en un portarretrato sobre el mueble de un salón.

Se dice que la subasta por los derechos del libro ha sido una de las más fuertes de los últimos tiempos. Al final las obtiene Mondadori. ¿Para cuándo? Otoño de 2002. Y cuando todo parecía en calma, una nueva tristeza. La muerte vuelve a visitar a los García Márquez para llevarse a su madre de 97 años, la mujer que defendió su amor por aquel telegrafista que dejaba recados de enamorado por los pueblos donde la iban escondiendo. Aun en compañía del dolor, el autor de El otoño del patriarca sigue insobornable ante la búsqueda de contar lo mejor posible su vida.

Con el verano llega el original a Barcelona. Pero la procesión de correcciones no cesa. Los manuscritos van y vienen entre México y la capital catalana. Gabo pide que le den una fecha límite para tocar el texto. Viernes 13 de septiembre le dicen. Pues hasta ese día algo cambia. Es más, una semana antes modifica el título y el epígrafe. Ya no se titularán Vivir para contarlo, sino para contarla. La clave del cambio está en el epígrafe, en un juego que enhebra la primera idea y la última palabra: 'La vida no es la que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla'.

Gabo ya ha cumplido con su primera cita y avanza en la segunda. Queda compartirla. Será a partir del 10 de octubre, con una invitación que podría decir como el final de uno de sus cuentos, cuando el capitán de un barco dice 'en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas; allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles; sí, allá, es el pueblo de Gabriel García Márquez'.

LINKS:

Site não oficial

Site de Margaret Lee

Directório do New York Times

Directório

Directório

Extractos do livro de memórias "Vivir para contarla"





Domingo, 29 de septiembre de 2002

JUAN LUIS CEBRIÁN

Gabo, en mi levitación

'Ruego a los que se aburran con mis palabras, y decidan abandonar la sala, que no hagan ruido al salir, a fin de no despertar a los que estén dormidos'. He oído a Gabriel García Márquez pronunciar muchas veces esta recomendación, que causa siempre la hilaridad y el entusiasmo de su auditorio. Usó de ella en la clausura de un ciclo sobre la cultura latinoamericana en Madrid, y la concurrencia prorrumpió en ruidos de aplauso y carcajada. Pero un par de fechas antes no fue así. Los mismos asistentes al mismo curso protestaron con la misma sonoridad porque el premio Nobel más famoso de la literatura en castellano no se dignó abrir boca en la inauguración de dicho seminario, pese a que se sentaba en la presidencia.

A García Márquez no le gusta hablar en público. No da conferencias, no pronuncia discursos, rehúye los homenajes. Cuando la Georgetown University de Washington organizó una ventolera de celebraciones para conmemorar el septuagésimo aniversario del escritor y el quincuagésimo de la publicación de su primer cuento, Gabo, como le llaman ya universalmente, no compareció en la sala, atestada de autoridades académicas, de alumnos y de visitantes, en la que departimos unos cuantos amigos suyos. A cambio, prodigó sus entrevistas y discusiones con los estudiantes, cosa que le encanta.

Una vez le llamé para invitarle a la Escuela de Periodismo de EL PAÍS. '¿Ante cuántas personas estaré?', me preguntó. Treinta o cuarenta. 'Ya sabes que con estudiantes de periodismo siempre estoy dispuesto'. Y les habló durante más de dos horas. Cuando el compromiso es mucho, o el acto le interesa por la razón que sea, si no tiene otro remedio que dirigirse al público, prefiere hacerlo leyendo un cuento o un capítulo de su próximo libro. Las excepciones a esta norma son muy pocas, y yo sólo recuerdo una en los años recientes: dictó un breve discurso en la inauguración del Congreso de la Lengua Española, en Zacatecas, ante el presidente Zedillo, de México, y los Reyes de España. Aquella intervención, en la que insistió acerca de los 'terrores tempranos' que la ortografía produce en los niños, causó no poco revuelo en muchas regiones de habla hispana, a comenzar por la propia España, debido a las críticas que el escritor hizo de la probable arbitrariedad gramatical de nuestra lengua. Pero los que estábamos presentes no nos sentimos especialmente agredidos, y sí muy reconfortados, por la templada y hermosa provocación del texto. Después invité a Gabo a visitar la Real Academia Española, que se había visto envuelta en la polémica, y mis colegas en la que horrísonamente se llama docta casa tuvieron oportunidad de conciliar su preterida indignación con la sabiduría y el encanto personal que se desprenden de la figura de Gabriel García Márquez.

Cuento estas anécdotas porque son ilustrativas de algunos de los rasgos para mí más definitorios del personaje: su timidez y, lo que es más raro descubrir en un mito viviente de la literatura de todos los tiempos, su bondad. También su sentido del humor, que le faculta para defenderse de la enorme pesadumbre de la fama y acercarle a discernir, como Kundera, la imperceptible levedad del ser. Gabo es bueno en el sentido machadiano de la palabra, lo que le permite también ser cruel con los tontos, los caraduras y los paniaguados. Es bueno y fiel, sobre todo, para con sus amigos, que son muchos y muy variados, pues es quizás el sentido de la amistad, aun por encima del amor, el que más le distingue y el que mejor cultiva. 'Escribo para que me quieran mis amigos', ha declarado muchas veces, y los amigos nos disponemos a quererle más y más para que no deje nunca de escribir.

Ninguna de estas cosas serían, probablemente, muy significativas si no fuera porque se refieren al que es, con seguridad, el escritor vivo más universal de cuantos existen, sin distinción de lenguas ni culturas. Se trata de un auténtico mito viviente, y no creo que haya existido nunca en la historia de las letras un autor que haya podido disfrutar, hasta los límites insospechados de su caso, del aplauso de la crítica y de la popularidad inmensa entre el pueblo llano, al menos el pueblo llano lector. Tampoco creo que haya hoy en el mundo un escritor más difundido, y pienso que resultaría difícil encontrar una librería, en cualquier ciudad y de cualquier continente, que no albergue en sus estantes al menos un ejemplar de alguna obra de García Márquez. Treinta millones de volúmenes vendidos de Cien años de soledad hablan por sí solos de la inmensa aceptación que esta obra imperecedera de las letras ha merecido entre nuestros contemporáneos.

Gabo es un empedernido lector -aunque no presuma de ello tanto como acostumbraba Borges-, un conversador implacable, un buen comedor, cercano a la glotonería, pese a que la edad y la salud le obligan ahora al comedimiento, y un viajero impenitente, capaz de retar y vencer su confesado miedo a volar. Antes lo aborrecía. Ahora parece acostumbrado a ese hecho singular de los viajes aéreos, en los que 'el alma llega después que el cuerpo'. Es también, para regocijo de muchos, un periodista no arrepentido. A sus setenta y pico años, con todos los honores, premios y fama a sus espaldas que imaginarse puedan, volvió a sus orígenes, trabajando como entrevistador y comentarista para la revista Cambio, que él mismo contribuye a financiar. Lo hizo con una dedicación, un empeño y un entusiasmo difíciles de encontrar en los más jóvenes aspirantes al oficio de reportero. 'El periodismo siempre fue un género de la literatura', afirma sin ambages ante quien le interroga sobre estas cuestiones. Y dedica su dinero, su tiempo, sus influencias y su magisterio a formar nuevas generaciones de profesionales: en Madrid, en Cartagena, en La Habana, allí donde se le reclama para ello.

Su gran pasión artística, al margen de la literatura, es el cine. De joven, aprovechaba los días libres que le daban en El Espectador para verse tres y hasta cuatro películas de un tirón. Guionista, maestro de guionistas, crítico, animador de festivales, jurado en una buena parte de ellos, García Márquez ha visto prolongada en su primogénito la dicha de dedicarse al séptimo arte. Quizás purga con ello la mínima desilusión que debe producirle el no haberse entregado al mundo del celuloide con la misma intensidad que a la escritura.

Pero lo mejor de Gabo es su optimismo, tan raro en quienes disfrutan del genio creador. Lejos de la imagen del intelectual maldito, aunque los comienzos de su lucha fueran azarosos hasta percibir la sombra del hambre, ha vivido arropado por el triunfo y, pese a ello (o quizá gracias a ello), derrocha tranquilidad en derredor suyo. No podría ser así, desde luego, sin la luminosa presencia de su acompañante de siempre, su novia desde la adolescencia, su esposa desde hace más de cuatro décadas, Mercedes Barcha, una de esas mujeres que son guapas por dentro y por fuera a la vez. Mercedes le guardó la ausencia durante años cuando Gabo marchó a Europa a estudiar cine y a desempeñarse como cronista, para acabar ganándose la vida en los cafetines del Barrio Latino de París tarareando a la guitarra boleros de amor. Un día que Gabriel García Márquez estaba tomando un refresco con unos amigos en una terraza de Caracas, consultó el reloj y se levantó apresurado, disculpándose: tenía que irse o de otro modo perdería el avión para Colombia, lujo que no se podía permitir, pues marchaba allí para casarse. La sorpresa fue máxima. A nadie de su entorno le había hablado de Mercedes, aquella joven bellísima, delgada y morena, de mirada intensa y lengua acerada con la que al poco tiempo contraería matrimonio en Barranquilla. Es difícil saber cómo hubiera sido la obra de este escritor si no hubiera estado animada desde el principio por el soplo mineral, terco y profundo de esa mujer plena de convicciones, desbordada por una ternura que oculta deliberadamente, como si temiera que al descubrirla se vinieran abajo la entraña de su carácter y la raíz de su fortaleza.

García Márquez es un mimado de los dioses. Amenazado por la enfermedad, la ha vencido repetidas veces. De esa experiencia amarga floreció una personalidad en la que el lado humano venció definitivamente las ínfulas posibles del escritor laureado. Hasta disfruta del milagroso don de no tener enemigos, o de que sean los justos, a fin de que le sirvan de vacuna contra cualquier adversidad de semejante género, pues la palabra odio no cabe en su vocabulario. A sus 75 años sigue en plena producción literaria. En los próximos días verá la luz el primer tomo de sus memorias y ya prepara una trilogía de novelas. Conviene que nadie se llame a engaño y piense que, por escribir su autobiografía, Gabo rinde la pluma ante el desafío de otros empeños.

Hace un cuarto de siglo que disfruto del privilegio de su amistad, y ése es uno de los regalos que me ha deparado la vida. Ésta es mejor, más fructífera y amable, cuando se tiene la oportunidad de visitar el laberinto del genio. Gabriel García Márquez me la ha brindado con una generosidad y un afecto imposibles de emular. A veces pienso que, gracias a sus enseñanzas, cualquier día me tomaré un cuenco de chocolate caliente y yo mismo, como el famoso cura del cuento, me pondré a levitar.





García Márquez, Fighting Cancer, Issues Memoirs

By Juan Forero
October 9, 2002


RACATACA, Colombia, Oct. 6 -- He had always been the most disciplined of writers, sitting early in the morning before his trusty Macintosh, the magical, poetic words that have defined Latin America spilling from his head. That part never changed.
But then Gabriel García Márquez, the 1982 Nobel laureate from Colombia and the foremost author in Latin America, learned in 1999 that he had lymphatic cancer. He promptly cloistered himself with a single-minded pursuit not seen perhaps since he wrote the 1967 masterpiece, One Hundred Years of Solitude, in a little more than a year, his only vice a steady supply of cigarettes provided by his wife, Mercedes.
"I reduced relations with my friends to a minimum, disconnected the telephone, canceled the trips and all sorts of current and future plans," the author told El Tiempo, the Colombian newspaper, in rare comments about an illness he usually declines to discuss. "And I locked myself in to write every day, without interruption."
Now, after three years of researching and writing, García Márquez, 75, who underwent chemotherapy in a Los Angeles hospital and is recovering at his Mexico City home, is poised to release what may be his most-awaited book, Vivir Para Contarla, or To Live to Tell It.
The first volume of the author's memoirs, it is an emotional, sometimes bittersweet account of the early years of a man so beloved in Latin America that he is universally known by his nickname, Gabo. Much of it is focused on this former banana boom town in northern Colombia that, despite its poverty and isolation, held mysteries and magic that inspired the storyteller.
The 579-page book, published by the Colombian editorial house Norma, is being released in Colombia on Wednesday and across much of Latin America and Spain on Thursday. It may appear in German, Dutch and Italian by the end of this year, and in the United States as early as the end of next year.
For his followers, To Live to Tell It is a treasure-trove unlocking the secrets of what inspired Mr. García Márquez and explaining how a rich life populated by colorful characters fueled a vivid imagination that led to some of the world's most important contemporary literature.
"It reads like a novel, but it's at the same time a chronicle of the author's life and a reportage of half a century of Colombia's reality," said Roberto Pombo, a close friend and editor of the Mexican edition of Cambio, the Colombian news magazine owned by García Márquez.
Many readers, of course, already know that this sleepy, oven-hot hamlet of almond trees and multicolored wood-plank homes is Macondo, the fictional town where the abundant, fantastical Buendía family wandered in One Hundred Years of Solitude. It is a town of war and peace, revenge and violence, love and despair and unending isolation -- a paradise lost and a metaphor for Latin America.
And they know that the hair-raising stories of Col. Nicolás Márquez, Mr. García Márquez's grandfather -- tales of the War of a Thousand Days and fatal duels and country-hewn grudges -- haunted the budding writer and provided him with endless grist for his writing.
To Live to Tell It, though, goes deep.
The reader learns the precise moment when the 23-year-old García Márquez, then a struggling newspaper reporter, realizes on an emotional journey back to his childhood home that his calling is the pen. "What you discover is that all of García Márquez's works are in the memories that come to him when he stands in front of that house," Mr. Pombo said.
Indeed, Mr. García Márquez recounts, he realized that he would be "nothing else but a writer" who would complete a first novel "or die."
The author explains how some of Colombia's most harrowing history, like the 1928 army massacre of striking United Fruit Company banana workers, became engrained in his consciousness, not only inspiring his writing but his left-leaning views. And how the loss of loved ones pained him.
"Today it is clear: A piece of me had died with him," Mr. García Márquez writes, recalling the death of his beloved grandfather. He goes on to say: "But I also believe, without the slightest doubt, that in that moment I was already a beginning writer who only needed to learn to write."
Mr. García Márquez has spoken little about the book and did not respond to requests for an interview, in part, friends said, because he is ill at ease speaking about his illness.
That has helped generate a flurry of delicious speculation in Latin American literary circles, as García Márquez's followers wondered what writing style he would use and how he would structure the work.
"People just want to know about this man -- it's the magic of Macondo, you know," said Gerald Martin, who is completing a biography of Mr. García Márquez. "This man is so famous and everybody knows him so well, and yet they cannot imagine how he is going to tell this story."
The memoir, an early reading indicates, is written in a straightforward, journalistic style with a few touches of the magic realism that defines much of his work. The book covers Mr. García Márquez's life to the mid-1950's as the elder son of an itinerant pharmacist and telegraph operator drops out of law school to become a journalist.
He is shaped by the often violent history around him, experiencing the chaos of the Bogotazo, the 1948 riots in the Colombian capital after the murder of the populist politician Jorge Eliécer Gaitán. "I believe I became conscious," Mr. García Márquez writes, "that on that day of April 9 of 1948 Colombia began the 20th century," a reference to the violence that has gripped the country since.
He develops into a street-smart chronicler at newspapers in the coastal cities of Cartagena and Barranquilla. It is a world of world-wise editors with good advice to a young, impressionable writer, and a collection of literary friends who frequent a bar called La Cueva where they mull over writers like William Faulkner, Daniel Defoe and James Joyce.
"We had so much in common," the author writes, "that it was said we were the sons of the same father." The memoir ends as Mr. García Márquez publishes his first book, Leaf Storm, and leaves for Europe as a newspaper correspondent.
At least two other volumes are on the way, one perhaps taking the reader through 1982, when he is awarded the Nobel, and the other about his relationships with world figures like Fidel Castro, Bill Clinton and François Mitterrand.
For Mr. García Márquez, writing To Live to Tell It allowed him to re-explore his childhood while clearing up the myths and inaccuracies written about him since he achieved spectacular fame with One Hundred Years of Solitude.
"He has wanted to tell that story himself, growing up with his grandfather in that small, nowhere place that was nevertheless magical," Mr. Martin said. "He's been waiting to do this a long time, and now is the time."
As in previous books, Mr. García Márquez depended on an army of relatives, friends and in some cases journalists contracted for the occasion to help gather the details and factoids to help him reconstruct events. "One must capture impressions, memories, go to friends and acquaintances, match statements with memory," Mr. García Márquez told a Brazilian reporter this year.
Renowned for his journalism, Mr. García Márquez dug up mundane details, like the background of the Dominican baseball player he briefly knew 50 years ago, the history of a coastal bordello where he lived, the name of a typesetter who worked at one of his first newspapers.
A friend, Jaime Abello, and Jaime García Márquez, one of the author's brothers, would often find themselves writing detailed reports for Mr. García Márquez, even though the arcane details were only peripheral to the narrative. "Gabo, like a good journalist, always collects a lot of information but he only uses a bit of it," explained Mr. Abello, director of the foundation in Cartagena that Mr. García Márquez created to tutor young journalists.
Mr. García Márquez reread his old newspaper columns and novels and studied books about him and his family, like Silvia Galvis's interviews with the García Márquez clan. He also conducted scores of interviews, many with relatives. "I had the sensation when he would call and ask for a detail that he just wanted our interpretation, that he was perhaps just looking for our angle," said Jaime García Márquez, 62.
Not surprisingly, much of the author's interest focused on reconstructing Aracataca, which has a reputation as a place full of fanciful, imaginative characters with a gift for gab and an appreciation for storytelling.
"That is something innate with the people," explained Robinson Mulford, a writer and literature teacher here. "We sit with our children and tell them stories of our grandparents. We tell them the myths and the legends of the Caribbean."
The young García Márquez seemed to be especially fascinated by stories of death. In the memoir he writes of seeing his first body: a man shot dead trying to break into a home, resulting in a "vision that chased me for many years."
To be sure, this is a writer famously obsessed with death, some say afraid of it. It is evident in his books; nearly all start with a death or a similar theme. Mr. García Márquez's avoidance of funerals is legendary, and the deaths of those close to him -- two brothers and his mother died during the writing of his memoirs -- deeply affect him.
"He once said, 'It is not that I am afraid of death, it is that I have a rage toward death,' " said Jaime García Márquez.
Gustavo Tatis, a journalist in the coastal city of Cartagena, said the author once expounded on his fear of death in an interview. "He said, 'The problem with death is that it lasts forever,' " Mr. Tatis recalled.
Not surprisingly, then, Mr. García Márquez's fixation with death has produced endless conjecture that the author embarked on his memoirs because he feared he would die soon.
To be sure, Mr. García Márquez sacrificed to finish this first volume. The author is a man who loves being close to power, and he is friends with world leaders and has caroused with rebels and diplomats, even playing a behind-the-scenes role in peace talks here. But he forced himself to stay home and he cut back on the journalism that he has said is his first professional love.
Still, those who know Mr. García Márquez said that from his days as a young reporter he had contemplated telling the story of his upbringing and Colombia's tumultuous history. Real life events, some personal, are laced through his fiction. His parent's courtship was the inspiration for Love in the Time of Cholera and a small-town murder was the model for Chronicle of a Death Foretold.
Several friends simply said that the cancer prompted Mr. García Márquez to buckle down. One friend said Mr. García Márquez perhaps "saw a necessity of writing at all times as a form of confronting the illness with force."
Those close to him said Mr. García Márquez's latest work should simply be seen as a celebration of his life, not as a harbinger of death. Indeed, Mr. Abello said that the memoir's title alone tells the story.
"All his motivation is contained in that title, To Live to Tell It -- it is the pleasure of telling the story," he said. "It is like saying life has been worth living."

--Juan Forero




Vivir para contarla, Gabriel García Márquez. Alfred A. Knopf: 592 pp.,

por Gioconda Belli

February 16 2003

GABO HABLA GABO SPEAKS


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Das Leben ist das, woran man sich erinnert

Startauflage eine Million: Die Memoiren von García Márquez

MADRID, 14. Oktober

An einem heißen Februartag im Jahr 1950 war Luisa Santiaga Márquez Iguarán in die karibische Küstenstadt Baranquilla gefahren auf der Suche nach ihrem Sohn Gabriel. Der hatte gerade sein Jurastudium abgebrochen und ernährte sich mehr schlecht als recht von Glossen, kleinen Meldungen und gelegentlichen Kommentaren in der Tageszeitung "El Heraldo". Luisa Santiaga wußte nicht, wo ihr Sohn zu finden sei, und erhielt auf ihre Fragen die Auskunft, wahrscheinlich in der Buchhandlung "Mundo" oder in einem der Cafés in der Nähe, wo sich junge Männer träfen, die behaupteten, Schriftsteller zu sein. "Aber seien Sie vorsichtig, die sind ganz schön verrückt", sagte ihr eine wohlmeinende Bürgerin aus Baranquilla.

Mit dem knappen Satz "Ich bin deine Mutter" stellt sie sich an Gabriel García Márquez' Tisch. Sie hat eine Weile gebraucht, um den zweiundzwanzigjährigen Sohn, der so lange nicht mehr in seinem Heimatdorf erschienen war, zu erkennen. Eigentlich bist du ja angezogen wie ein Bettler, sagt die Mutter später zu ihm, als sie beide auf einem verrotteten Schiff über den Río Magdalena und durch die Sumpflandschaft der Ciénaga in den später als Macondo so berühmt gewordenen Geburtsort des Schriftstellers, Aracataca, reisen. Auf dem Schiff treffen sie noch einen entfernten Verwandten. Er versucht, der Mutter die Sorgen um die berufliche Zukunft des Sohnes zu nehmen: "Ein guter Schriftsteller kann viel Geld verdienen, vor allem, wenn er sich mit der Regierung gut versteht."

Mit dem Wiedersehen seiner Mutter und der gemeinsamen Reise beginnt das gerade in vier Städten der Welt gleichzeitig und mit einer Startauflage von einer Million Exemplaren erschienene neue Buch des Nobelpreisträgers Gabriel García Márquez "Vivir para contarla" (Leben, um davon zu erzählen). Dem Buch, dem ersten Teil seiner auf drei Bände angelegten Memoiren, stellt García Márquez das Motto voran: "Das Leben ist nicht das, was man gelebt hat, sondern das, woran man sich erinnert und wie man sich daran erinnert - um davon zu erzählen." Er erinnert sich - bewußt oder unbewußt - an viele Menschen und viele Erlebnisse nicht, während ihm Begegnungen und Ereignisse, die Anlaß und Anregungen für seine Romane und Erzählungen wurden, noch ganz intensiv präsent sind. So findet der Leser in den Memoiren viele Personen wieder, die ihm als Romanfiguren schon vertraut sind.

Luisa Santiaga Márquez ist zum Vorbild zahlreicher Personen im literarischen Werk ihres Sohnes geworden. Sie ist im vergangenen Juni im Alter von 97 Jahren gestorben und hat das Erscheinen dieses Erinnerungsbandes, in dem sie eine so wichtige Rolle spielt, nicht mehr erleben können. Die Publikation von "Leben, um davon zu erzählen" am vergangenen Donnerstag in vier Verlagen in Barcelona, Bogotá, Buenos Aires und Mexiko-Stadt wurde zum literarischen Jahresereignis in der gesamten spanischsprachigen Welt. Kurze Auszüge des Buches sind schon als Vorabdruck in Zeitungen und Zeitschriften erschienen, andere wurden bis in den letzten Tagen vor der Drucklegung noch geändert und gekürzt. Freunde und Verleger des Schriftstellers hielten die Welt über den Schaffensprozeß auf dem laufenden. Als García Márquez an Krebs erkrankte, fürchtete man schon, er werde seine Erinnerungen nicht mehr zu Ende schreiben können. Die guten Nachrichten über seine Heilung ließen seine Leser wieder hoffen. Vor einiger Zeit sagte García Márquez, er müsse immer schreiben, jeden Tag. Wenn er einmal nicht schreiben könne, dann falle es ihm sehr schwer, wieder anzufangen - so wie bei seinen ersten Schreibversuchen. Einige Monate lang habe er auch gegen den Tod angeschrieben.

Seit 1994 hat Gabriel García Márquez kein literarisches Buch mehr veröffentlicht - "Nachricht von einer Entführung" (1997) war eine große journalistische Reportage. "Leben, um davon zu erzählen" jedoch ist ein eminent literarisches Buch: in der Struktur einfach, doch von außergewöhnlicher Präzision in der Wortwahl. Kaum ein anderer zeitgenössischer Schriftsteller benennt die Dinge so genau wie García Márquez. So manches heute kaum noch vernommene Wort der spanischen Sprache erreicht erst in dem Werk des Kolumbianers wieder seine bildhafte Ausdruckskraft, läßt die verschiedenen Bedeutungsinhalte sichtbar werden und stellt neue oder nicht mehr bekannte sprachliche Zusammenhänge auf. Bei jedem Satz, auch in dem neuen Buch, ist der Leser sofort überzeugt, daß kein einziges Wort verändert oder ausgetauscht werden darf. Die Metaphern überraschen in ihrer Originalität, wirken aber nie zufällig. García Márquez braucht weder Neologismen noch pittoreske oder regionale Ausdrücke und Wendungen - trotz der klaren Begrenzung des Schauplatzes auf das karibische Kolumbien. Obwohl der kolumbianische Schriftsteller seine Texte häufig überarbeitet und umschreibt, hat man den Eindruck, daß sie ihm spontan aus der Feder geflossen sind. Das ganze Buch wirkt wie aus einem Guß, als hätte es gar nicht anders geschrieben sein können.

In seinen Erinnerungen hält der Autor keine streng chronologische Abfolge ein; vielmehr erzählt er einzelne Episoden direkt und ohne rhetorische Exkurse. In ihrem Rhythmus und in der Einfachheit von Aufbau und grammatikalischer Konstruktion erinnern sie an spanische Klassiker wie Cervantes. Die ersten Sätze jedes Kapitels weisen auf wichtige Ereignisse und Erfahrungen hin, kündigen an oder fassen zusammen. Viele verweisen auf die Anfangssätze von García Márquez' großen Romanen. So beginnt "Hundert Jahre Einsamkeit" mit dem berühmten Satz: "Viele Jahre später sollte der Oberst Aureliano Buendía sich vor dem Erschießungskommando an jenen fernen Nachmittag erinnern, an dem sein Vater ihn mitnahm, um das Eis kennenzulernen." Die "Chronik eines angekündigten Todes" wird aufgeblättert mit den Worten: "An dem Tag, an dem sie Santiago Nassar töten sollten, stand dieser um 5.30 morgens auf, um den Dampfer zu erwarten, mit dem der Bischof kam." Das zweite Kapitel von "Leben, um davon zu erzählen" setzt ein mit: "Am Tage, als ich mit meiner Mutter wegging, erinnerte ich mich an alles, was mich in meiner Kindheit beeindruckt hatte, doch war ich mir nicht sicher, was vorher und nachher gewesen war, noch, ob das alles irgend etwas in meinem Leben bedeutet hatte." Die zwei Tage, die Gabriel mit seiner Mutter in seinem Geburtsort bleibt, rufen in ihm die Erinnerungen wach, die dann zum Stoff mehrerer Romane wurden.

García Márquez' Memoiren sind außergewöhnlich unterhaltsam, selbst da noch, wo der Autor die große Zahl seiner Verwandten nacheinander vorstellt und in einigen Sätzen das Wichtigste zu jedem mitteilt. Gabriel ist der Älteste von elf Geschwistern; seine Mutter konnte kurz vor ihrem Tod im vergangenen Juni über einhundert Enkel und Urenkel um sich versammeln. Bereits vor dem Erscheinen von "Leben, um davon zu erzählen" war bekannt, daß vieles, was im Werk von García Márquez erzählt wird, auf Geschichten zurückgeht, wie sie in den Dörfern seiner Heimat seit Generationen weitergegeben werden. Trotzdem ist das Werk des Kolumbianers nie Heimatliteratur. Obwohl sich fast alles zwischen Santa Marta und Cartagena im Norden Kolumbiens abspielt, fühlen sich Leser aus aller Welt in dieser kleinen Region nicht fremd. Damit bekommen die Menschen an der karibischen Küste, ihr Denken und Tun eine geradezu universelle Gültigkeit. Das Werk von García Márquez ist eben keine exotische, sondern Weltliteratur.

Für treue Leser ist es interessant, die Verwandlung der realen Personen, wie sie jetzt in den Erinnerungen vorgestellt werden, zu Romanfiguren zu verfolgen oder auch anhand der Memoiren die Anteile von Fiktion und historischer Wahrheit im literarischen Werk zu vergleichen. Andere werden die Erinnerungen einfach lesen wie einen spannenden Roman. Der Ende voriger Woche erschienene erste Band umfaßt die Kindheit des Autors, die Geschichte der Eltern - des Telegrafenbeamten Elígio García und von Luisa Márquez, der Tochter des nicht nur aus "Hundert Jahre Einsamkeit" wohlbekannten Oberst -, dann die Zeit des jungen Journalisten und seiner Literatenfreunde in Baranquilla, Cartagena und Bogotá. Die ersten Erzählungen von García Márquez werden beachtet; er selbst hält gegen alle Widerstände fest an seinem festen Willen, Schriftsteller zu werden - und zwar einer, der nicht für die Regierung schreiben will. Sein journalistisches Meisterstück schreibt García Márquez mit der Fortsetzungsgeschichte "Bericht eines Schiffbrüchigen", der ihn früh bekannt und die Zeitung "EI Espectador" fast reich machte. Wie dieser Bericht, heute ein beliebter Lehrtext an Journalistenschulen, entsteht, schildert eines der aufschlußreichsten Kapitel des Buchs. Bald darauf schickt ihn die Zeitung nach Europa, wo er mehrere Jahre verbringt. Mit dem Abflug 1955 aus Kolumbien endet der erste Band. In dem schon angekündigten zweiten Band wird García Márquez über das Entstehen seiner großen Romane und über seine Begegnungen mit Staatsmännern und Schriftstellern aus aller Welt schreiben.

WALTER HAUBRICH

Frankfurter Allgemeine Zeitung, 15.10.2002, Nr. 239 / Seite 35





Samstag, 14. Dezember 2002 Berlin, 01:59 Uhr

Es war doch so schön bei den Frauen

Das Buch der Woche: Gabriel García Márquez’ Autobiografie „Leben, um davon zu erzählen“ beweist: Handwerk hat goldenen Boden

von Hans Christoph Buch

Wer oder was ist Gabriel García Márquez? Ein literarischer Superstar, der, durch den Nobelpreis geadelt, Massenwirksamkeit mit höchster Qualität verbindet und stets aufs Neue seine Leser entzückt? Oder ein kommerziell verflachter Bestsellerautor, der vergeblich an den Welterfolg seines Romans „Hundert Jahre Einsamkeit“ anzuknüpfen versucht, weil ihm seit 1967 nichts Neues eingefallen ist? Verkörpert er wie kein anderer die Widersprüche Kolumbiens, dessen Glanz und Elend er in seinen Romanen geschildert hat, oder ist er ein Relikt des Lateinamerika-Booms der 80er Jahre, der historisch Patina angesetzt und der heutigen Generation absolut nichts mehr zu sagen hat? Ist Gabo, wie seine Freunde ihn nennen, ein Höfling Fidel Castros und in der Wolle gefärbter Kommunist oder ein mutiger Streiter für Freiheit und Unabhängigkeit des von den USA geknechteten Subkontinents?

Gabriel García Márquez’ Autobiografie „Leben, um davon zu erzählen“ beantwortet keine dieser Fragen, aber es liefert das Anschauungsmaterial, aus dem die Leser ihre eigenen Schlussfolgerungen ziehen können. Um es vorweg zu sagen: „Vivir para contarla“, von Dagmar Ploetz kongenial übersetzt, widerlegt alle Leerformeln und Klischees, die über García Márquez im Umlauf sind, denn anders als Rousseau legt er keine Beichte ab, sondern erzählt eine Geschichte, wie es sich für einen Romancier gehört: Wann und wo, wie und warum der kleine Gabriel, ältester Sohn von elf Geschwistern aus einer verarmten Familie, die ständig von einer Stadt an der Karibikküste zur nächsten zog, zum großen Schriftsteller geworden ist.

In diesem Punkt ist das Buch Goethes „Dichtung und Wahrheit“ vergleichbar, wobei der Unterschied sofort ins Auge springt: Obwohl auch der alte Goethe seinen Erzählfluss gerne über die Ufer treten ließ, wirkt dessen Autobiografie sparsam, ja wortkarg gegenüber der Redundanz von García Márquez, der seine Jugenderinnerungen auf 600 Seiten ausbreitet, um nicht zu sagen – aufbläht. Dabei ist wenig zu spüren von der vom Autor geforderten Rücksichtslosigkeit im Umgang mit dem eigenen Text. Manche Episoden werden mehrmals erzählt, und wie beim Recycling von Altpapier schreckt der Verfasser vor Wiederholungen und wörtlichen Übernahmen nicht zurück. Anders als beim für seine Strenge gefürchteten, jungen García Márquez, der Lobrednern misstraute und seine Manuskripte so lange wie möglich unter Verschluss hielt, tritt sentimentale Selbstverliebtheit an die Stelle virulenter Selbstkritik, eine Altersmilde, die angesichts der Krebserkrankung des Autors psychologisch verständlich ist, literarisch aber wenig überzeugt. Alles Negative, Hässliche und Böse bleibt aus der Schilderung seiner frühen Jahre verbannt, deren Zweck einzig darin zu bestehen scheint, ein Genie in seine literarische Umlaufbahn zu befördern. Und nicht nur der Icherzähler, auch die Freunde und Feinde, Gefährten und Geliebten des Protagonisten werden positiv verklärt, im Sinne von Goethes Vers: „Es sei wie es wolle – es war doch so schön“, der dem Buch als Motto voranstehen könnte.

Die Schwächen des Textes, der ohne Substanzverlust erheblich hätte gekürzt werden können, werden durch dessen Stärken wettgemacht. Damit ist nicht die kulinarische Qualität gemeint, die zu den Markenzeichen der Prosa von García Márquez gehört. Feststellungen wie die, „dass für einen Schriftsteller das Bordell der beste Wohnort sei: Ruhe am Vormittag, nachts immer Betrieb, und außerdem noch gute Beziehungen zur Polizei“, machen den Lesern Spaß, und man hört förmlich die Bravorufe, wenn der Schriftsteller die Erwartungen seines Publikums bedient, für das sich Exotik noch immer auf Erotik reimt: „Bei Martina Alvarado, der ältesten Puffmutter, gab es eine heimliche Hintertür und humane Tarife für reuige Geistliche.“ Dass diese folkloristische Sicht der Vergangenheit angehört und vielleicht so nie gestimmt hat, weil die Mehrheit der Kolumbianer nicht in der Tropenidylle von Macondo lebt, sondern in von Autoabgasen, Drogen und Aids verseuchten Millionenstädten, steht auf einem anderen Blatt. Die Kritik seiner Landsleute, García Márquez zeichne kein realistisches Bild Lateinamerikas, sondern bestätige aus Europa stammende, exotische Klischees, mag berechtigt sein. Aber hier wie anderswo gilt, dass die Fantasie die Wirklichkeit Lügen straft und die Übertreibung der Wahrheit am nächsten kommt.

Gabriel García Márquez Meisterschaft liegt nicht in den gepfefferten Details – bei der Schilderung von Bettszenen hält er sich schamhaft zurück –, sondern in Anlage und Aufbau des Ganzen, der, anders als das überquellende Füllhorn seiner Einfälle, ökonomisch klug kalkuliert erscheint. Dreh- und Angelpunkt, um den der Autor seinen Erzählstoff rafft, ist der überraschende Besuch der Mutter, die ihren zum Bohémien mutierten Sohn kaum wiedererkennt, in Barranquilla, wo Gabriel als Kolumnist bei einer Tageszeitung arbeitet. Von dort reisten beide mit dem Flussdampfer in seine Geburtsstadt Aracataca, um das Haus der Großeltern zu verkaufen: Ein „fruchtbarer Augenblick“ (Lessing), der den angehenden Autor mit seiner vergessenen Kindheit konfrontiert und so den Keim zu den späteren Romanen legt. Wie die in eine Teetasse getauchte Madeleine bei Proust setzt der Anblick des verfallenen Hauses, in dem García Márquez aufgewachsen ist, die blockierte Erinnerung frei und damit einen Schreibprozess in Gang, der in „Hundert Jahre Einsamkeit“ gipfeln wird. Den Schlusspunkt des Buches bildet der Aufbruch des Autors nach Europa. Damit enden dessen Lehr- und Wanderjahre, und sein Weltruhm beginnt.

Die Darstellung der eigenen Kindheit ist eine Goldmine für jeden Schriftsteller, ein Erzählstoff, in dem er ganz aufgehoben ist und den ihm keiner streitig machen kann. Das gilt auch für García Márquez, dessen Autobiografie eine Liebeserklärung an die Mutter und die weiblichen Mitglieder seiner Familie ist: „Ich glaube den Kern meines Wesens und Denkens den Frauen der Familie und den vielen Dienstboten zu verdanken, die meine Kindheit behütet haben... Sie zogen sich vor mir um, badeten mich, während sie selbst badeten, setzten mich auf meinen Nachttopf und sich auf den ihren, breiteten vor mir ihre Geheimnisse aus, ihren Kummer, ihren Groll, als verstünde ich das alles nicht, und merkten dabei nicht, dass ich alles begriff.“



Die Kehrseite der von Patriarchen beherrschten, postkolonialen Gesellschaft ist ein verkapptes Matriarchat – Erziehung durch Dienstmädchen, die afrikanischer oder indianischer Herkunft sind und den kleinen Gabriel mit ihrer fremden Sprache und Kultur konfrontieren: „Memes verworrenes Spanisch setzte den Dichter in Erstaunen, als sie die Streichhölzer fand und ihm die Schachtel mit triumphalem Kauderwelsch zurückgab: ?Hier ich bin, Zündholz dein.‘“



Der Vater, ein Telegrafist, der sich zum Homöopathen weiterbildet und auf seinen Reisen uneheliche Kinder zeugt, bleibt schon deshalb blass, weil er die meiste Zeit abwesend ist. Seine Stelle nimmt der Großvater ein, Veteran des Krieges der 1000 Tage, der zur Abtrennung Panamas von Kolumbien führte, ein Haudegen, der seinen Herausforderer im Duell tötet und vergeblich auf die Auszahlung der Pension wartet, die der Staat allen Kriegsteilnehmern versprochen hat. Das Haus des Großvaters in Aracataca, wo García Márquez zur Welt kam, ist die Urzelle seines Werks, die in wechselnden Konstellationen in seinen Romanen und Erzählungen wiederkehrt, wie in „Der Oberst hat niemand, der ihm schreibt“; „Chronik eines angekündigten Todes“; „Der Herbst des Patriarchen“.

„An einem ganz gewöhnlichen Nachmittag hörten wir Schreie auf der Straße und sahen einen Mann ohne Kopf auf einem Esel vorbeireiten. Auf einer Plantage waren alte Rechnungen beglichen worden, dabei hatte man ihn mit der Machete enthauptet, und sein Kopf war vom Strom des Bewässerungsgrabens mitgerissen worden.“ Das ist magischer Realismus pur, und solche Passagen sucht man im zweiten Teil des Buches, der vom intellektuellen Werdegang des Autors handelt, vergeblich – mit Ausnahme des bogotazo, eines durch die Ermordung des Präsidentschaftskandidaten Gaitán ausgelösten Blutbads in Bogotá, das García Márquez aus der Nähe mitansah. Der 9. April 1948 war der Höhepunkt der so genannten Violencia, einer Kette von Massakern, Attacken linker Guerilleros und Repressalien rechter Militärs, der Kolumbiens Gesellschaft – und mit ihr das Bewusstsein des Autors – bis heute prägt.

Gabriel García Márquez – so das Fazit der Lektüre – ist kein politischer Denker, sondern ein geborener Erzähler, der mehr aus dem Bauch als aus dem Kopf heraus schreibt: Daher rührt seine Nibelungentreue zu Fidel Castro, die sich schlecht mit seinem Vorbild Faulkner verträgt, einem konservativen Gringo, der nichts vom Kommunismus hielt. Wie dieser hat García Márquez das Romanschreiben von der Pike auf gelernt, und wie sein deutscher Kollege Günter Grass hat er gezeigt, dass Handwerk goldenen Boden hat.

Leben, um davon zu erzählen

Unmengen von Leerformeln und Klischees sind über den kolumbianischen Literaturnobelpreisträger Gabriel García Márquez im Umlauf. In seiner Autobiografie „Leben, um davon zu erzählen“ widerlegt er sie. Er legt darin keine Beichte ab, sondern erzählt eine Geschichte, wie es sich für einen Romancier gehört: Wann und wo, wie und warum der kleine Gabriel, ältester Sohn von elf Geschwistern aus einer verarmten Familie, die ständig von einer Stadt an der Karibikküste zur nächsten zog, zum großen Schriftsteller geworden ist. Das ist ein bisschen geschwätzig, manchmal, dennoch entpuppt sich Garcia Marquez auch hier wieder als großartiger geborener Erzähler, der mehr aus dem Bauch als aus dem Kopf heraus schreibt.

Gabriel Garcia Marquez: Leben, um davon zu erzählen. Aus d. Span. v. Dagmar Ploetz. Kiepenheuer & Witsch, Köln. 704 S., 24,90 E.

Artikel erschienen am 14. Dez 2002





01/2003

Autobiografie

Herr des Staubs

Die lange erwartete Autobiografie des großen García Márquez

Von Eberhard Falcke

Macondo, das versunkene, taucht wieder auf. Obwohl das Kaff in der kolumbianischen Bananenregion nie vergessen war – jedenfalls nicht als ein Hauptort der Literatur. Nun aber kommt neben dem fiktiven, dem mythischen Macondo aus Hundert Jahre Einsamkeit das andere zum Vorschein, das wirkliche, welches der poetischen Erfindung vorausging. Man erkennt es sofort, zwar nicht am Namen, der anders lautet, aber an vielen Einzelheiten, an der Atmosphäre, den Menschen, Begebenheiten und sogar an einzelnen Sätzen. Wortwörtlich wie Macondo liegt auch Aracataca, der Geburtsort von Gabriel García Márquez, „am Ufer eines Flusses mit kristallklarem Wasser, das dahinschoß durch ein Bett mit polierten Steinen, weiß und riesig wie prähistorische Eier“.

García Márquez, der Lateinamerika als literarische Phantasmagorie neu erfand, der Baumeister mythischer Räume und zyklischer Zeitschleifen, beginnt seine Memoiren mit einer Erinnerung an die Erinnerung und mit Sätzen aus dem Schatz eigener Sätze.

Im Februar 1950 hatte Mutter Márquez den ziemlich struppigen Sohn in seinem Studienort Barranquilla an der kolumbianischen Karibikküste ausfindig gemacht, um ihn für ein paar Tage der Provinzboheme zu entreißen. Sie bat ihn, mit ihr nach Aracataca zu fahren, um das Haus der Familie zu verkaufen. Auf der mehrtägigen Reise mit Flussschiff und Eisenbahn fuhr der junge Mann zunächst widerwillig in die Welt seiner Kindheit und Jugend zurück. Doch dann wurde er vom „Prankenschlag der Nostalgie“ getroffen. Plötzlich fühlte er sich in eine andere Flussfahrt zurückversetzt, als er fünf Jahre alt und in Begleitung seines Großvaters war. Der hatte als Oberst um die Jahrhundertwende den blutigen Bürgerkrieg „der Tausend Tage“ mit ausgefochten, er hatte überall im Land zahllose Kinder gezeugt und war schließlich in die Literatur seines Enkels eingegangen: als eines der Vorbilder für den Oberst Buendía aus Hundert Jahre Einsamkeit.

Das Paradies der Verlassenheit

Auch der Romantitel Der Oberst hat niemand, der ihm schreibt passte auf ihn, weil seine sehnsüchtig erwartete Veteranenpension, von der sich die vielköpfige Familie Rettung versprach, niemals eintraf. Mit den Worten „Schau, dort ist die Welt untergegangen“ zeigte die Mutter ihrem Sohn den Platz, an dem 1928 das Massaker an streikenden Bananenarbeitern – angeblich – stattgefunden hatte. Das historische Schreckensdatum der Provinz verwandelte sich genauso in Literatur wie der berühmte Ortsname, der auf der Strecke aufgelesen wurde: „Der Zug hielt an einer Bahnstation ohne Dorf und fuhr kurz darauf an der einzigen Bananenplantage vorbei, an deren Portal ein Name stand: Macondo.“

Auf drei Bände hat García Márquez seine Erinnerungen veranschlagt, und schon der erste ist ein beachtlicher Wälzer von 600 Seiten. Die ersten gut 50 davon beschreiben die Reise von Mutter und Sohn nach Aracataca. Zum Entsetzen der Eltern hatte Gabriel beschlossen, Schriftsteller zu werden, anstatt als Jurist und angesehener Akademiker für die Familie zu sorgen. Auf der kurzen Expedition ins familiäre, schon legendenumwobene Territorium fand er, was ihm noch gefehlt hatte: die Quelle seiner erzählerischen Fantasie. Genauer gesagt: Er begriff, dass dies der Goldtopf war, aus dem er seinen Stoff schöpfen konnte. Beim Gang durch das von Hitze gelähmte Dorf zur Siesta-Zeit erhielt Aracataca/Macondo für den künftigen Schriftsteller seine exemplarische Kontur: als „Paradies der Verlassenheit“, als einer der staubigen Orte zielloser Kämpfe, verblühter Konjunkturen, verlorener Hoffnungen, wie es sie auf diesem immer wieder kolonisierten Kontinent so viele gibt. In diesen Passagen steckt zugleich eine Biografie der Einbildungskraft ihres Autors.

Mit dem Anfang von Leben, um davon zu erzählen gibt García Márquez ein Beispiel für Memoirenliteratur großen Stils. Das ist eine fabelhafte Eröffnung. Sie setzt anekdotisch ein, lockt mit den komödienhaften Momenten eines familiären Machtkampfes um die Zukunftspläne des Sohnes. Sie entführt in die tropische Atmosphäre eines absurd-archaischen Stillstands, schraubt sich immer weiter zurück in die Geschichte von Großeltern und Eltern. Damit kommt auch die familiengeschichtliche Quelle für den Roman Liebe in den Zeiten der Cholera ans Licht; und kaum hatten, so wird berichtet, die Eltern ihre Liebe gegen alle Widerstände durchgesetzt, wurde auch schon der erste Sohn Gabriel geboren, praktisch tot, erwürgt von der Nabelschnur, und nur durch eine Einreibung mit Rum ins Leben herübergerettet. Das war am 6. März 1928.

An diesem Punkt folgt die Darstellung allerdings schon einer weitgehend linearen, wenn auch nicht immer streng chronologischen Ordnung. Dagegen hebt sich die einleitende Reiseerzählung wie eine perfekte Novelle ab. Darin interpretiert García Márquez die Reise mit der Mutter als Schlüsselerfahrung seines Weges zu Literatur.

Danach übernimmt bald der wuchernde Erinnerungsstoff die Herrschaft und lässt dem kompositorischen oder strukturierenden Kalkül nicht mehr viel Spielraum. Zumindest erscheint die Erzählstruktur im Fortgang der Erinnerungen längst nicht mehr so bestechend wie am Anfang.

Andererseits gibt es für diese wilde Jagd durch den Lebensstoff begreifliche Gründe. Vieles mag der heute 74-Jährige unter hohem Druck geschrieben haben, besonders in der Zeit, bevor seiner Krebserkrankung Einhalt geboten werden konnte.

Trotzdem hat das Buch unübersehbare Qualitäten. Der besondere sprachliche Reichtum, der García Márquez im Spanischen nachgesagt wird, lässt sich allerdings in der deutschen Fassung bestenfalls erahnen. Wofür jedoch keinesfalls die versierte Übersetzerin Dagmar Ploetz verantwortlich ist, sondern eine andere Sprachauffassung. Zweifellos sind diese Erinnerungen farbig und lebendig geschrieben, immer interessant, außerordentlich stoffreich, voller plastischer Schilderungen, Porträts, Begebenheiten und Szenen.

Der erste Band umfasst den Zeitraum von der Geburt 1928 bis ins Jahr 1955. Er zeichnet das Selbstporträt des Schriftstellers als junger Mann aus der tiefsten Provinz, der dennoch mit sicherem Gespür nach allen aktuellen Größen der Weltliteratur griff, um seinem Talent Schliff zu verleihen. Magnetisch wurde er von Literatenzirkeln angezogen, und bald wurde seine Begabung erkannt und geschätzt.

Schriftsteller aus Schüchternheit

Die meistens breit ausgemalten Stationen auf dem Weg zum Schreiben markieren die beherrschende Linie der Autobiografie. Ganz absichtsvoll schaut dabei der Autor auf das eigene Leben durch den Filter seines erzählerischen Werks, gemäß dem Motto des Bandes: „Nicht was wir gelebt haben, ist das Leben, sondern das, was wir erinnern und wie wir es erinnern, um davon zu erzählen.“ Unvermeidlich musste daher die Niederschrift der Erinnerungen gelegentlich in Konkurrenz zu den fiktionalen Texten geraten. Vieles, was nun noch einmal über die Bananenprovinz erzählt wird, erscheint wohl bekannt. García Márquez hat solche Parallelen genutzt, um mit allerlei intertextuellen Verweisen zu spielen, was seine Reize hat. Nur sind diese Spiegelfechtereien längst nicht so meisterlich geraten, wie sie manchem aficionado erscheinen mögen. Wenn die Erinnerungen mit gleichlautenden Sätzen beginnen wie der erste Roman, in dem García Márquez damals die Reise mit seiner Mutter verwertete, dann verweist das vor allem auf einen gewissen Hermetismus dieses erzählerischen Kosmos. Die Neugier auf zusätzliche Einsichten der Selbsterlebensbeschreibung wird dadurch eher enttäuscht. Mit selbstanalytischen Ambitionen plagt sich der geborene Erzähler nur selten.

So bewahrt der Held dieses Lebensromans viele seiner inneren Geheimnisse. Zum Beispiel das seiner immensen Schüchternheit. Dabei hätte die an anderer Stelle einmal getroffene Feststellung „Ich bin Schriftsteller aus Schüchternheit“ ein interessanter Gegenstand autobiografischer Selbsterforschung sein können.

Besonders schüchtern gebärdete sich der Sohn armer Leute offenbar gegenüber Autoritäten wie Lehrern oder Zeitungsredakteuren. Oftmals wagte er es nicht einmal, einen namhaften Journalisten anzusprechen, obwohl der bereits Erzählungen von ihm abgedruckt oder in den höchsten Tönen gelobt hatte. Gut möglich, dass dabei eine Scheu vor den höheren Klassen mitspielte. Andererseits muss der junge Mann seine Umgebung durch ein gewinnendes Wesen und zweifellos durch seine besondere Intelligenz für sich eingenommen haben. Allenthalben wurde er, selbst von zunächst grimmig erscheinenden Autoritäten, geschätzt und gefördert. In den Zirkeln seiner literarischen Freunde, in Redaktionen, genauso wie später in der wichtigsten kolumbianischen Zeitung El Espectador stand er stets im Mittelpunkt. Mit Ablehnung hatte er kaum zu kämpfen, und aus manchen Sackgassen kam er heraus wie ein Glückskind.

Überhaupt kann man den jungen Helden dieser Erinnerungen als glücklichen Schelm bezeichnen. Ganz bestimmt in seiner Beziehung zu Frauen, die ihm meist ziemlich gewogen waren. Was der Memoirenautor ohne jede Schüchternheit ausbreitet. Da gibt es lustige Schwänke aus der Welt tropischer Brunst, mit mütterlichen Huren, kumpelhaften Bordellmädchen oder lüsternen Ehebrecherinnen, bei denen manchmal der gehörnte Gatte mit dem Schießgewehr dazwischenfunkte.

Mit ebensolcher schelmenhaften Ungeniertheit bewegte sich der junge Poet und Journalist unter den Bedingungen der diktatorischen Repression, von der Kolumbien auch damals beherrscht wurde. Einen unvergesslichen Schrecken jagten ihm jedoch die folgenreichen Unruhen vom 9. April 1948 ein, bei denen Bogotá in Flammen aufging und er zum ersten Mal mit Fidel Castro zusammentraf. Im Übrigen jedoch bleiben die Wechselwirkungen von Zeitgeschehen und subjektiver Erfahrung eher undeutlich.

Gleichwohl ist die Schilderung seiner Zeit als Kolumnist und Reporter bei El Espectador fesselnd. Als man dort 1954 den journalistisch hoch begabten Schriftsteller anheuerte, gehörten Pressezensur und Informationsunterdrückung zum Alltag der Redaktionen. Die Arbeit bei dieser Zeitung bedeutete den ersten Höhepunkt in der Karriere von García Márquez. Zum ersten Mal verdiente er richtiges Geld. Zugleich wurde er erstmals unausweichlich mit den herrschenden politischen Verhältnissen konfrontiert. Nun praktizierte er das, was er vorher nur gelegentlich ausüben konnte: kritischen Journalismus. Dann wurde er unversehens zu einer Konferenz der Großmächte nach Europa geschickt, von wo er erst Jahre später zurückkehrte.

García Márquez beschließt diesen ersten Band seiner Erinnerungen – wie als Reverenz an seine journalistische Ader – mit der Abgefeimtheit eines Zeitungsmannes, der die Leser für die nächste Folge ködern will: Am Ende ist vom Abflug die Rede und von schicksalhaften Liebesentscheidungen. Deren Ergebnis wird aber natürlich nicht verraten.





Serenade

How My Father Won My Mother

By Gabriel García Márquez
February 19/26, 2001 New Yorker
Translated by Edith Grossman


My mother became a woman in a godforsaken hellhole. She had spent an uncertain childhood plagued by malarial fevers, but, once cured, she was cured completely and forever, and with her health as strong as reinforced concrete she was able to celebrate her ninety-fifth birthday with eleven of her own children, and four of her husband's, and sixty-six grandchildren, seventy-three great-grandchildren, and five great-great-grandchildren. Not counting the ones nobody ever knew about.
Her name was Luisa Santiaga, and she was the third daughter of Colonel Nicolás Márquez Mejfa and his wife (and first cousin) Tranquilina Iguarán Cotes, whom we called Mina. Luisa Santiaga was born in Barrancas, in Colombia, on the banks of the Rancherfa River, on July 25,1905, when the family was recovering from the disaster of the civil wars, and two years after the Colonel, her father, had killed Medardo Pacheco in a duel over a point of honor. Luisa, her first name, was in memory of her paternal grandmother, Luisa Mejía Vidal, who had died the month before her birth. Santiaga, her second name, was in honor of the apostle Santiago el Mayor, St. James the Greater, who was decapitated in Jerusalem. She kept the second name a secret, because it se

By (Deleted user) on Mar 27, 2007, 18:38 in Friendly Talkzone. AddThis Social Bookmark Button


vicshere says on Mar 27, 2007, 18:54:

sorry mods looks like this guy is keeping you guys busy


listo
"con mucho gusto"
Vic

listo

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goin_south says on Mar 27, 2007, 21:24:

Colombia's Best Arthur??? I thought it was... either,... ELMODEFOQUE!

Or, maybe....ARTHUR BRODE.

Where do we go from here?

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aztec says on Mar 28, 2007, 04:01:

pbhmemingognito May I suggest you rest a little. Sit back, lurk for a few weeks and then return for posts?

Some experience will serve you well.

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